martes, 10 de febrero de 2009

«Número Fantasma [Jorge Mux]»

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Un matemático es un ciego en una habitación oscura que busca un gato negro que no está allí. (Charles Darwin)

Las matemáticas convierten lo invisible en visible
(Keith Devhin)


Francisco Euler ha trabajado como relojero toda su vida. No tiene conciencia de la enredada trama mecánica que envuelve sus engranajes. Tampoco conoce los goznes y poleas del mundo. Ni los relojes, ni lo que está fuera de ellos pasa por su mente. Lo único que sabe es que él puede reparar algo que cae en sus manos. Lo toca, lo toca muchas veces, lo abre, lo desarma, lo raspa, lo sopla, le cambia algo, lo sigue palpando y descubre –tocando- que ha vuelto a andar. Es ciego y ha sido ciego toda su vida.

Francisco Euler arregla los relojes como el más perfecto artesano. Sin embargo no conoce la estructura de los relojes ni del tiempo. No conoce la estructura del mundo. Sólo conoce una vasta interioridad limitada por los poros de su piel: su mundo mental se constituye de representaciones táctiles. A pesar de la ceguera, su tacto supera con creces cualquier discapacidad.

El profesor Nereo Rodríguez conoce a Francisco Euler y lo quiere presentar en la universidad como un caso excepcional de conocimiento intuitivo. Lo curioso de Euler es que no dice ser un relojero. “No trabajo con relojes. Trabajo con matemática”. Nereo Rodríguez le consigue una entrevista con los decanos de la universidad.

El día de la entrevista los decanos esperan a Euler vestidos de riguroso traje y corbata. A la hora estipulada se escucha un murmullo en el pasillo y Euler ingresa, totalmente desnudo, al aula magna. Un ordenanza llega corriendo, cubre a Euler con una toalla y se lo lleva a los empujones. Nunca más lo dejan entrar.

¿Cómo hace un ciego una demostración matemática? La puede hacer para sí mismo, representándose las cantidades o las figuras. Pero, ¿cómo se representa para sí mismo? ¿mediante números arábigos? Él no puede tener la impresión visual de un número: no tiene la menor idea de lo que es «2»

Tampoco puede hacer demostraciones geométricas en un pizarrón o sobre un papel. Si dibuja un triángulo en el pizarrón, luego no puede trazarle bisectrices o marcarle sus ángulos. Tampoco tiene una imagen visual de triángulo: sólo posee una imagen matemático – táctil.

Para ser matemático ciego, entonces, hay un solo camino: dibujarse las figuras en el cuerpo. Sólo por correspondencia con el roce de la tiza en la piel, Euler puede saber dónde están los vértices y los segmentos. No puede entender, representar ni mostrar a otros las relaciones entre magnitudes si no tiene la fuerte impresión táctil de la abstracción matemática rozándole la piel. Por eso, necesita estar desnudo para hacer su demostración.

Su memoria táctil le permite recordar exactamente por dónde pasó la tiza sobre su estómago; dónde terminó de trazarse la figura y dónde se unieron los segmentos que la forman. La huella mental sobre su piel tiene aun mayor fuerza que una imagen visual para un no-ciego.

Cuando Euler aprendió a contar, lo hizo golpeándose la muñeca izquierda en un sector específico del brazo derecho. Eso significaba «uno». Otro pequeño golpe en la muñeca, un poquito más arriba, significaba «dos» Así, su sistema decimal (cuyas diez cifras terminaban casi a la altura del codo) consistía en el recuerdo de una pequeñísima sensación de dolor en un sector muy preciso de su brazo. «21», por ejemplo, no es una figura visible, sino el recuerdo de dos pequeños dolores consecutivos: el del dos y el del uno.

Después de un terrible accidente, Euler perdió su antebrazo derecho a la altura del codo. Simultáneamente, perdió su capacidad de contar. Los números dejaron de ser mostrables; sólo eran un vacío recuerdo de pequeños dolores y la asociación mental de un sonido. «Dos», dicho en voz alta o pensado, no es lo mismo que «la sensación en el sector del brazo que corresponde a dos»

Pero después de perder su brazo, se le reveló una verdad matemática fundamental. Comenzó a sentir dolores en el brazo que ya no tenía. Su dolor era, por ejemplo, un fuerte 983, mas la suma de otro dolor (otro número) desconocido. En otras palabras: le dolían las partes del antebrazo que ya no tenía, más una parte que nunca había tenido. Ese dolor anatómicamente imposible era, para él, el número fantasma. Su matemática fantasma consistía en operaciones hechas con un volátil elemento: el recuerdo de (la sensación de dolor que significan) los números transformados (matemáticamente) con otras sensaciones de dolores desconocidos. «Me quitaron un brazo real (cuyos números son finitos) y me lo cambiaron por un brazo fantasma (cuyo número es infinito)»

“Todos los números pueden convertirse en el número fantasma, y él se convierte en todos. La operación fantasma es la más complicada y la más simple», dijo Euler pocos días antes de morir. En sus últimos días había relacionado el número fantasma con algo divino (era inevitable), y a través de sus transformaciones y combinaciones pretendía haber descubierto todas las verdades del mundo. Pero esas verdades estaban escritas en difusos caracteres táctiles; en sensaciones intraducibles y en operaciones que combinaban dolores posibles, dolores reales y dolores fantasma. Su obra, de una necesaria originalidad, se perdió para siempre con su muerte. Las últimas horas de vida, Euler las pasó agitando su brazo izquierdo, imitando los movimientos que realizaba cuando era relojero.

viernes, 7 de marzo de 2008

«La Otra Muerte» [Jorge Luis Borges]

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Un par de años hará (he perdido la carta), Gannon me escribió de Gualeguaychú anunciando el envío de una versión, acaso la primera española, del poema The Past, de Ralph Waldo Emerson, y agregando en una postdata de que don Pedro Damián, de quien yo guardaría alguna memoria, había muerto noches pasadas, de una congestión pulmonar. El hombre, arrasado por la fiebre, había revivido en su delirio la sangrienta jornada de Masoller; la noticia me pareció previsible y hasta convencional, por que don Pedro, a los diecinueve o veinte años, había seguido las banderas de Aparicio Saravia. La revolución de 1904 lo tomo en una estancia de Río Negro o de Paysandú, donde trabajaba de peón; Pedro Damián era entrerriano, de Gualeguay, pero fue adonde fueron los amigos, tan animoso y tan ignorante como ellos. Combatió en algún entrevero y en la batalla última; repatriado en 1905, retomó con humilde tenacidad las tareas de campo. Que yo sepa, no volvió a dejar su provincia. Los últimos treinta años los pasó en un puesto muy solo, a una o dos leguas del ñancay; en aquel desamparo, yo conversé con él una tarde (yo traté de conversar con él una tarde), hacia 1942. Era hombre taciturno, de pocas luces. El sonido y la furia Masoller agotaban su historia; no me sorprendió que los reviviera, en la hora de su muerte... Supe que no vería más a Damián y quise recordarlo; tan pobre es mi memoria visual que sólo recordé una fotografía que Gannon le tomó. El hecho nada tiene de singular, si consideramos que al hombre lo vi a principios de 1942, una vez, y a la efigie, muchísimas. Gannon me mandó esa fotografía; la he perdido y ya no la busco. Me daría miedo encontrarla. El segundo episodio se produjo en Montevideo, meses después. La fiebre y la agonía del entrerriano me sugirieron un relato fantástico sobre la derrota de Massoller; Emir Rodrígez Monegal, a quien referí el argumento, me dio unas líneas para el coronel Dionisio Tabares, que había hecho esa campaña. El coronel me recibió después de cenar. Desde un sillón de hamaca, en un patio, recordó con desorden y con amor los tiempos que fueron. Habló de municiones que no llegaron y de caballadas rendidas, de hombres dormidos y terrosos tejiendo laberintos de marchas, de Saravia, que pudo haber entrado en Montevideo y que se desvió, “porque el gaucho teme a la ciudad”, de hombres degollados hasta la nuca, de una gerra civil que me pareció menos la colisión de dos ejércitos que el sueño de un matrero. Habló de Illescas, de Tupambaé, de Maseller. Lo hizo con períodos tan cabales y de un modo tan vívido que comprendí que muchas veces había referido esas mismas cosas, y temí que detrás de sus palabras casi no quedaran recuerdos. En un respiro conseguí intercalar el nombre de Damián. —¿Damián? ¿Pedro Damián? —dijo el coronel—. Ése sirvió conmigo. Un tapecito que le decían Daymán los muchachos. —Inició una ruidosa carcajada y la cortó de golpe, con fingida o veraz incomodidad. Con otra voz dijo que la guerra servía, como la mujer, para que se probaran los hombres, y que antes de entrar en batalla, nadie sabía quién es. Alguien podía pensarse cobarde y ser un valiente, y asimismo al revés, como le ocurrió a ese pobre Damián, que se anduvo floreando en las pulperías con su divisa blanca y después flaqueó en Masoller. En algún tiroteo con los zumacos se portó como un hombre, pero otra cosa fue cuando los ejércitos se enfrentaron y empezó el cañoneo y cada hombre sintió que cinco mil hombres se habían coaliado para matarlo. Pobre gurí, que se la había pasado bañando ovejas y que de pronto lo arrastró esa patriada... Absurdamente, la versión de Tabares me avergonzó. Yo hubiera preferido que los hechos no ocurrieran así. Con el viejo Damián, entrevisto una tarde, hace muchos años, yo había fabricado, sin proponérmelo, una suerte de ídolo; la versión de Tabares lo destrozaba. Súbitamente comprendí la reserva y la obstinada soledad de Damián; no las había dictado la modestia, sino el bochorno. En vano me repetí que un hombre acosado por un acto de cobardía es mas complejo y mas interesante que un hombre meramente animoso. El gaucho Martín Fierro, pensé, es menos menos memorable que Lord Jim o que Razumov. Sí, pero Damián, como gaucho, tenía obligación de ser Martín Fierro —sobre todo, ante gauchos orientales. En lo que Tabares dijo y no dijo percibí el agreste sabor de lo que se llama artiguismo: la conciencia(tal vez incontrovertible) de que el Uruguay es más elemental que nuestro país y, por ende, más bravo... Recuerdo que esa noche nos despedimos con exagerada efusión. En el invierno, la falta de una o dos circunstancias para mi relato fantástico (que torpemente se obstinaba en no dar con su forma) hizo que yo volviera a la casa del coronel Tabares. Lo hallé con otro señor de edad: el doctor Juan Francisco Amaro, de Paysandú, que también había militado en la revolución de Saravia. Se habló, previsiblemente, de Masoller. Amaro refirió unas anécdotas y después agregó con lentitud, como quien está pensando en voz alta: —Hicimos noche en Santa Irene, me acuerdo, y se nos incorporó alguna gente. Entre ellos, un veterinario francés que murió la víspera de la acción, y un mozo esquiador, de Entre Ríos, un tal Pedro Damián. Lo interrumpí con acritud. —Ya sé —le dije—. El argentino que flaqueó ante las balas. Me detuve; los dos me miraban perplejos. —Usted se equivoca, señor —dijo, al fin, Amaro—. Pedro Damián murió como querría morir cualquier hombre. Serían las cuatro de la tarde. En la cumbre de la cuchilla se había hecho fuerte la infantería colorada; los nuestros la cargaron, a lanza; Damián iba en la punta, gritando, y una bala lo acertó en el pecho. Se paró en los estribos, concluyó el grito y rodó por tierra y quedó entre las patas de los caballos. Estaba muerto y la última carga de Massoller le paso encima. Tan valiente y no había cumplido veinte años. Hablaba, a no dudarlo, de otro Damián, pero algo me hizo preguntar qué gritaba el gurí. —Malas palabras —dijo el coronel—, que es lo que se grita en las cargas. —Puede ser —dijo Amaro—, pero también gritó ¡Viva Urquiza! Nos quedamos callados. Al fin, el coronel murmuró: —No como si peleara en Masoller, sino en Cagancha o India Muerta, hará un siglo. Agregó con sincera perplejidad: —Yo comandé esas tropas, y juraría que es la primera vez que oigo hablar de un Damián. No pudimos lograr que lo recordara. En Buenos Aires, el estupor que me produjo su olvido se repitió. Ante los once deleitables volúmenes de las obras de Emerson, en el sótano de la librería inglesa de Mitchell, encontré, una tarde, a Patricio Gannon. La pregunté por su traducción de The Past. Dijo que no pensaba traducirlo y que la literatura española era tan tediosa que hacía innecesario a Emerson. Le recordé que me había prometido esa versión en la misma carta en que me escribió la muerte de Damián. Se lo dije, en vano. Con un principio de terror advertí que me oía con extrañeza, busqué amparo en una discusión literaria sobre los detractores de Emerson, poeta más complejo, más diestro y sin duda más singular que el desdichado Poe. Algunos hechos más debo registrar. En abril tuve carta del coronel Dionisio Tabares; éste ya no estaba ofuscado y ahora se acordaba muy bien del entrerrianito que hizo punta en la carga de Masoller y que enterraron esa noche sus hombres, al pie de la cuchilla. En julio pasé por Gualeguaychú; no di con el rancho de Damián,de quien ya nadie se acordaba. Quise interrogar al puestero Diego Abaroa, que lo vio morir; éste había fallecido antes del invierno. Quise traer a la memoria los rasgos de Damián; meses después; hojeando unos álbunes, comprobé que el rostro sombrío que yo había conseguido evocar era el del célebre tenor Tamberlinck, en el papel de Otelo. Paso ahora a las conjeturas. La más fácil, pero también la menos satisfactoria, postula dos Damianes: el cobarde que murió en Entre Ríos hacia 1946, el valiente, que murió en Masoller en 1904. Su defecto reside en no explicar lo realmente enigmático: los curiosos vaivenes de la memoria del coronel Tabares, el olvido que anula en tan poco tiempo la imagen y hasta el nombre del que volvió. (No acepto, no quiero aceptar una conjetura más simple: la de haber yo soñado al primero.) Más curiosa es la conjetura sobrenatural que ideó Ulrike von Kuhlmann. Pedro Damián, decía Ulrike, pereció en la batalla, y en la hora de su muerte suplicó a Dios que lo hiciera volver a Entre Ríos. Dios vaciló un segundo antes de otorgar esa gracia, y quien la había pedido ya estaba muerto, y algunos hombres lo habían visto caer. Dios, que no puede cambiar el pasado, pero sí las imágenes del pasado, cambió la imagen de la muerte en la de un desfallecimiento, y la sombra del entrerriano volvió a su tierra. Volvió, pero debemos recordar su condición de sombra. Vivió en la soledad, sin una mujer, sin amigos; todo lo amó y lo poseyó, pero desde lejos, como del otro lado de un cristal; “murió”, y su tenue imagen se perdió, como el agua en el agua. Esa conjetura es errónea, pero hubiera debido sugerirme la verdadera (la que hoy creo la verdadera), que a la vez es la más simple y más inaudita. De un modo casi mágico la descubrí en el tratado De Omnipotentia, de Pier Damiani, a cuyo estudio me llevaron dos versos del Canto XXI del Paradiso, que plantean precisamente un problema de indentidad. En el quinto capítulo de aquel tratado, Pier Damiasini sostiene, contra Aristóteles y contra Fredegario de Tours, que Dios puede efectuar que no haya sido lo que alguna vez fue. Leí esas viejas discusiones teológicas y empecé a comprender la trágica historia de don Pedro Damián. La adivino así. Damián se portó como un cobarde en el campo de Masoller, y dedicó la vida a corregir esa bochornosa flaqueza. Volvió a Entre Ríos; no alzó la mano a ningún hombre, no marcó a nadie, no buscó fama de valiente, pero en los campos del ñancay se hizo duro, lidiando con el monte y la hacienda chúcara. Fue preparando, sin duda sin saberlo, el milagro. Pensó con lo más hondo: Si el destino me trae otra batalla, yo sabré merecerla. Durante cuarenta años la aguardó con oscura esperanza, y el destino al fin se la trajo, en la hora de su muerte. La trajo en forma de delirio pero ya los griegos sabían que somos las sombras de un sueño. En la agonía revivió su batalla, y se condujo como un hombre y encabezó la carga final y una bala lo acertó en pleno pecho. Así, en 1946, por obra de una larga pasión, Pedro Damián murió en la derrota de Masoller, que ocurrió entre el invierno y la primavera de 1904. En la Suma Teológica se niega que Dios pueda hacer que lo pasado no haya sido, pero nada se dice de la intrincada concatenación de causas y efectos, que es tan vasta y tan íntima que acaso no cabría anular un solo hecho remoto, por insignificante que fuera, sin invalidar el presente. Modificar no es modificar un solo hecho; es anular sus consecuencias, que tienden a ser infinitas. Dicho sea de con otras palabras; es crear dos historias universales. En la primera (digamos), Pedro Damián murió en Entre Ríos, en 1946; en la segunda, en Masoller, en 1904. Esta es la que vivimos ahora, pero la supresión de aquélla no fue inmediata y produjo las incoherencias que he referido. En el coronel Dionisio Tabares se cumplieron las diversas etapas: al principio recordó que Damián obró como un cobarde; luego, lo olvidó totalmente; luego, recordó su impetuosa muerte. No menos corroborativo es el caso del puestero Abaroa; éste murió, lo entiendo, porque tenía demasiadas memorias de don Pedro Damián. En cuanto a mí, entiendo no recorrer un peligro análogo. He adivinado y registrado un proceso no accesible a los hombres, una suerte de escándalo de la razón; pero algunas circunstancias mitigan ese privilegio temible. Por lo pronto, no estoy seguro de haber escrito siempre la verdad. Sospecho que en mi relato hay falsos recuerdos. Sospecho que Pedro Damián (si existió) no se llamó Pedro Damián, y que yo lo recuerdo bajo ese nombre para creer algún día que su historia me fue sugerida por los argumentos de Pier Damiani. Algo parecido acontece con el poema que mencione en el primer párrafo y que versa sobre la irrevocabilidad del pasado. Hacia 1951 creeré haber fabricado un cuento fantástico y habré historiado un hecho real; también el inocente Virgilio, hará dos mil años, creyó anunciar el nacimiento de un hombre y vaticinaba el de Dios. ¡Pobre Damián! La muerte lo llevó a los veinte años en una triste guerra ignorada y en una batalla casera, pero consiguió lo que anhelaba su corazón, y tardó mucho en conseguirlo, y acaso no hay mayores felicidades.

jueves, 10 de enero de 2008

«El Día no Restituido» [Giovanni Papini]

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Conozco muchas viejas y hermosas princesas, pero solamente a aquellas que son tan pobres que apenas tienen una pequeña sirvienta vestida de negro y que están reducidas a vivir en alguna degradada villa toscana, una de esas escondidas villas donde dos cipreses polvorientos montan guardia junto a un portal de rejas murado. Si encuentran alguna en el salón de una condesa viuda y fuera de moda llámenla Alteza y háblenle en francés, ese francés internacional, clásico, incoloro que pueden aprender en los Contes Moraux del abate Marmontel; el francés, en fin, de las gens de qualitéi. Mis princesas responderán casi siempre y luego que hayan penetrado en sus pobres almas -pequeñas y llenas de polvo y de quincallería, como oratorios de fines del siglo XVII-, se darán cuenta de que la vida puede ser aceptada y que nuestra madre no ha sido tan necia como parecía poniéndonos en el mundo. ¡Qué secretos extraordinarios me han susurrado mis hermosas y viejas princesas! Ellas adoran los polvos faciales pero quizás todavía más la conversación y, aunque todas sean alemanas -una sola es rusa, pero por azar-, su delicioso francés ancien régime algunas veces me regala emociones de ningún modo ordinarias, y en ciertos momentos mi corazón se conmueve y siento casi ganas -lo confieso- de llorar como un estúpido enamorado. Una noche, no demasiado tarde, en el salón de una villa toscana, sentado sobre un sillón de estilo Imperio ante la mesa donde me habían ofrecido un té excesivamente aguado, yo callaba junto a la más vieja y la más bella de mis princesas. Vestida de negro, su rostro estaba rodeado de un velo negro y sus cabellos, que yo sabía blancos y siempre algo rizados, se hallaban cubiertos por un sombrero negro. Parecía que a su alrededor flotase como una aureola de oscuridad. Esto me agradaba y me esforzaba en creer que aquella mujer fuera solamente una aparición provocada por mi voluntad. El hecho no era difícil porque la habitación se hallaba casi en tinieblas y la única vela encendida iluminaba única y débilmente su rostro empolvado. Todo el resto se confundía con la oscuridad de modo que yo podía creer que tenía ante mi solamente a una cabeza pensil, una cabeza separada del cuerpo y suspendida cerca de mí a un metro del pavimento. Pero la Princesa comenzó a hablar y toda otra fantasía era imposible en ese momento. -Ecoutez donc, monsieur -me decía- ce qui m’arriva il y a quarante ans, quand j’étais encore assez jeune pour avoir le droit de paraître folle [1] Y continuó con su grácil voz narrándome una de sus innumerables historias de amor: un general francés se había dedicado a ser actor por amor a ella y había sido asesinado de noche por un payaso borracho. Pero ya conocía yo ese estilo suyo de imaginación y quería otra cosa mucho más extraña, más lejana, más inverosímil. La Princesa quiso ser gentil hasta el final: -Me obliga usted -dijo- a narrarle el último secreto que me queda y que ha permanecido siempre secreto, justamente porque es más inverosímil que todos los otros. Pero sé que debo morir dentro de algunos meses, antes de que termine el invierno, y no estoy segura de hallar otro hombre que se interese como usted por las cosas absurdas... «Este secreto mío empezó cuando tenía veintidós años. En esa época yo era la más graciosa princesa de Viena y todavía no había matado a mi primer marido. Esto ocurrió dos años más tarde, cuando me enamoré de... Pero usted ya conoce la historia. Passons! Sucedió, pues, que cuando llegaba al término de mis veintiún años recibí la visita de un viejo señor, condecorado y afeitado, quien me solicitó una breve entrevista secreta. No bien estuvimos solos, me dijo: 'Tengo una hija que amo inmensamente y que está muy enferma. Tengo necesidad de volverla a la vida y a la salud y para ello estoy buscando años juveniles para comprar o tomar en préstamo. Si usted quisiera darme uno de sus años se lo devolveré poco a poco, día a día, antes de que termine su vida. Cuando haya cumplido los veintidós años, en vez de pasar al vigésimo tercero usted envejecerá un año y entrará en el vigésimo cuarto. Es usted todavía muy joven y casi ni se dará cuenta del salto, pero yo le devolveré hasta el último de los trescientos sesenta y cinco días, de a dos o tres por vez, y cuando sea vieja podrá recuperar a su voluntad las horas de auténtica juventud, con imprevistos retornos de salud y de belleza. No crea usted que habla con un bromista o con un demonio. Soy simplemente un pobre padre que ha rogado tanto al Señor que le ha sido concedido hacer lo que para los demás es imposible. Con gran trabajo he cosechado ya tres años pero tengo necesidad de tener todavía muchos más. ¡Deme uno de los suyos y no se arrepentirá nunca!' En esa época estaba habituada ya a las aventuras curiosas y en el mundo en que vivía nada era considerado imposible. Por lo tanto, consentí en realizar el singular préstamo y pocos días después envejecí un año más. Casi nadie se dio cuenta y hasta los cuarenta años viví alegremente mi vida sin acudir al año que había dado en depósito y que debía serme restituido. El viejo señor me había dejado su dirección junto con el contrato y me solicitó que le avisara por lo menos un mes antes acerca del día o la semana en que yo deseara disfrutar de la juventud, prometiéndome que recibiría lo que pidiese en el momento fijado. Después de cumplir mis cuarenta años, cuando mi belleza estaba por ajarse, me retiré a uno de los pocos castillos que le habían quedado a mi familia y no fui a Viena más que dos o tres veces por año. Escribía con la debida anticipación a mi deudor y luego participaba de los bailes de la Corte, en los salones de la capital, joven y hermosa como debía ser a los veintitrés años, maravillando a todos los que habían conocido mi belleza en decadencia. ¡Qué curiosas eran las vigilias de mis reapariciones! La noche anterior me adormecía cansada y fanée como siempre y por la mañana me levantaba alegre y ligera como un pájaro que hubiese aprendido a volar hacía poco, y corría a mirarme en el espejo. Las arrugas habían desaparecido, mi cuerpo estaba fresco y suave, los cabellos habían vuelto a ser totalmente rubios y los labios eran rojos, tan rojos que yo misma los habría besado con furor. En Viena los galanteadores se apiñaban a mi alrededor, gritaban maravillas, me acusaban de hechicería y, en el fondo, no entendían nada. Poco antes de vencer el período de juventud que había solicitado, subía a mi carroza y volvía furiosa al castillo, en donde rehusaba recibir a nadie. Una vez un joven conde bohemio que se había enamorado terriblemente de mí durante una de mis visitas a Viena logró entrar, no sé cómo, a mi departamento y estuvo a punto de morir del estupor al ver cuánto me parecía a su adorada pero también cuánto más fea y más vieja era que aquella que lo había embriagado en las calles de Viena. Nadie, desde entonces, logró forzar mi voluntaria clausura, interrumpida sólo por la extraña alegría y la profunda melancolía de las raras pausas de juventud en el curso lamentable de mi continua decadencia. ¿Puede imaginarse aquella fantástica vida de largos meses de vejez solitaria separados cada tanto por los fuegos fugitivos de unos pocos días de belleza y de pasión? Al principio esos trescientos sesenta y cinco días me parecían inagotables y no imaginaba que pudieran terminar alguna vez. Por eso fui demasiado pródiga con mi reserva y escribí muy a menudo al misterioso Deudor de Vida. Pero éste es un hombre terriblemente exacto. Una vez fui a su casa y vi sus libros de cuentas. Yo no soy la única con la que hizo contratos de ese género y sé que contabiliza muy cuidadosamente la disminución de sus entregas. Vi también a su hija: una palidísima mujer sentada sobre una terraza llena de flores. “Nunca he podido saber de dónde saca la vida que restituye tan puntualmente, en cuotas de días, pero tengo motivos para creerme que recurre a nuevas deudas. ¿Cuáles serán las mujeres que le han dado los días que me restituye a mí? Quisiera conocer a algunas de ellas pero por más que le haya hecho hábiles preguntas muy a menudo, nunca he tenido la suerte de descubrirlas. Mais, peut être, elles ne seraint pas si étranges que je crois... De todos modos ese hombre es extraordinariamente interesante, lo que no le impide hacer bien sus cuentas. Usted no puede imaginar qué espantosa se volvió mi vida cuando me anunció, con la calma de un banquero, que no quedaban a mi disposición sino once días solamente. Durante todo ese año no le escribí y por un momento tuve la tentación de regalárselos y de no atormentarme más. ¿Comprende usted la razón, no es cierto? Cada vez que yo me volvía joven, el momento del despertar era siempre más doloroso porque la diferencia entre mi estado normal y mis veintitrés años se hacía, con la edad, mucho más grande. “Por otra parte, era imposible resistir. ¿Cómo puede usted pensar que una pobre vieja solitaria rechace cada tanto una jornada o dos o tres de belleza y de amor, de gracia y de alegría? ¡Ser amada por un día, deseada por una hora, feliz por un momento! Vous êtes trop jeune pour comprendre tout mon ravissement! Pero los días están por acabarse; mi crédito va a concluir por la eternidad. Piense: ¡me queda solamente un día para disfrutar! Después, seré definitivamente vieja y estaré consagrada a la muerte. ¡Un día de luz y luego la oscuridad para siempre! Medite bien, se lo ruego, en la imprevista tragedia de mi vida. Antes de solicitar este día... “¿Pero cuándo lo pediré? ¿Qué haré con él? Hace tres años que no vuelvo a ser joven y en Viena casi nadie me recuerda ya y toda mi belleza parecería espectral. Y sin embargo, siento necesidad de un amante, un amante sin escrúpulos y lleno de fuego. Tengo necesidad de que todo mi cuerpo sea acariciado una vez más. Esta cara rugosa se volverá de nuevo fresca y rosada y mis labios darán, por la vez última, la voluptuosidad. ¡Pobres labios, blancos y agrietados! ¡Todavía quieren ser por un día más rojos y cálidos, por un solo día, para un último amante, para una última boca! “Pero no llego a decidirme. No tengo el valor para gastar la última monedita de verdadera vida que me queda y no sé cómo hacerlo y tengo un loco deseo de gastarla...» ¡Pobre y querida Princesa! Unos momentos antes había levantado su velo y las lágrimas abrieron surcos sutiles en el polvo del rostro. En ese momento, los sollozos, aunque aristocráticamente contenidos, le impidieron continuar. Experimenté entonces un gran deseo de consolar a todo costo a la deliciosa vieja y caí a sus pies -al pie de una princesa arrugada y vestida de negro-, y le dije que la hubiera amado más que cualquier caballero loco y le rogué, con las más dulces palabras, que me concediera a mí, a mí solo, el último día de su bella juventud. No recuerdo precisamente todo lo que le dije, pero mi actitud y mis palabras la conmovieron profundamente y me prometió, con algunas frases algo teatrales, que sería su último amante, durante un solo día, dentro de un mes. Me dio una cita para cierta fecha en la misma villa y me despedí muy perturbado, luego de haberle besado las magras y blancas manos. Mientras regresaba a la ciudad, ya de noche, la luna no totalmente llena me miraba insistentemente con aire piadoso, pero pensaba demasiado en la bella Princesa para tomarla en serio. Ese mes fue muy largo, el mes más largo de mi vida. Había prometido a mi futura amante que no la volvería a ver hasta el día fijado y mantuve mi galante compromiso. A pesar de todo, el día llegó y fue el más largo de aquel larguísimo mes. Pero llegó también la noche y luego de haberme elegantemente vestido fui hacia la villa con el corazón estremecido y el paso inseguro. Vi desde lejos las ventanas iluminadas como no las había visto nunca y al acercarme hallé la puerta de hierro abierta y el balcón lleno de flores. Entré en la residencia y fui introducido en un salón donde ardían todas las antorchas de dos fantásticas arañas. Me dijeron que esperara y esperé. Nadie venía. Toda la casa estaba silenciosa. Las luces ardían y las flores perfumaban para la soledad. Después de una hora de agitada expectativa, no pude contenerme y pasé al comedor. Sobre la mesa estaban preparados dos cubiertos y flores y frutas en gran cantidad. Pasé a un pequeño salón, suavemente iluminado y desierto. Finalmente llegué a una puerta que yo sabía era la del dormitorio de la Princesa. Di dos o tres golpes, pero no tuve respuesta. Entonces me hice de coraje pensando que un amante puede olvidar la etiqueta y abrí la puerta, deteniéndome en el umbral. La habitación estaba llena de suntuosos vestidos tirados por todas partes como en el furor de un saqueo. Cuatro candelabros esparcían alrededor una luz alegre. La Princesa estaba echada en un sillón frente al espejo, ataviada con uno de los más espléndidos vestidos que yo jamás viera. La llamé y no contestó. Me acerqué, la toqué y no hizo el menor movimiento. Me di cuenta entonces de que su rostro estaba como siempre lo había visto, pequeño y blanco y algo más triste que de costumbre y un poco asustado. Posé una mano sobre su boca y no sentí respiración alguna; la coloqué sobre su pecho y no sentí ningún latido. La pobre Princesa estaba muerta; había muerto dulcemente de improviso mientras acechaba ante el espejo el retorno de su belleza. Una carta que hallé en el piso, junto a ella, me explicó el misterio de su inesperado fin. Contenía unas pocas líneas de escritura vertical y marcial, y decía: «Gentil Princesa: Me duele sinceramente no poder restituirle el último día de juventud que le debo. No logro ya encontrar mujeres lo suficientemente inteligentes para creer en mi increíble promesa y mi hija se halla en peligro. Realizaré todavía nuevas tentativas y le comunicaré los resultados, porque es mi más vivo deseo satisfacerla hasta lo último. Considéreme, ilustre Princesa, su devotísimo...»
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[1] En francés: “Escuche, pues, señor, lo que me ocurrió hace cuarenta años, cuando yo era todavía demasiado joven para tener el derecho de parecer loca”